Granada en los billetes de peseta (1907-1970)
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martes, 5 de mayo de 2020
sábado, 28 de diciembre de 2019
Paniolla
Paniolla sirvió de inspiración para artistas como Sebastián Closas, que lo retrató con un niño de lazarillo y cuya obra se encuentra en el hotel Colombia.
Lo que sabemos de él es que era de etnia gitana y que quedó ciego por una broma que le gastaron unos gamberros, que le dieron un cigarro que contenía pólvora. Ciego y sin posibilidad de poder trabajar en ningún sitio, se dedicó durante los años cuarenta y cincuenta a pedir limosna por las calles de Granada.
Son muchos los que le recuerdan con un puchero pequeño colgado en el cuello pidiendo «por amor de Dios un poco de pan y un poco de olla». De ahí el mote que le hizo popular. Cuando te acercabas a él te cantaba una canción y te tendía la mano para pedirte un "urico".
Su popularidad fue tan grande que fue elegido para representar la serie de 'gigantes y cabezudos' que salen durante el Corpus en Granada, junto a otros personajes populares como Chorrojumo, Birolio o el Andarín de Colomera.
Cuando ya apenas podía andar y le resultaba difícil practicar la mendicidad, fue recogido en la Residencia de Ancianos 'La Milagrosa' de Armilla. Allí vivió durante los últimos casi veinte años de su vida. Murió en octubre de 2006.
martes, 29 de mayo de 2018
La leyenda de la Tarasca de Granada
Simboliza el triunfo del bien sobre el mal.
La Tarasca va precedida de los tradicionales gigantes y cabezudos, que encarnaron a los Reyes Católicos y a los últimos reyes de la dinastía nazarí que gobernaron Granada, Boabdil y Moraima.
La Tarasca en 1962
domingo, 30 de noviembre de 2014
La leyenda de la Torre de la Cautiva de la Alhambra
Era tal su belleza, que el sultán se enamoró de ella convirtiéndola en su esposa principal. La sultana Aixa, hasta entonces la primera dama de la Corte, presa de celos, enemistó al rey con su hijo Boabdil, que le arrebató el trono a su padre.
La Torre de la Cautiva, toma el nombre de este acontecimiento.
lunes, 3 de noviembre de 2014
La Leyenda de las Princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida
La Leyenda de las Princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida fue recogida por Washington Irving en uno de sus Cuentos de la Alhambra, titulado La Rosa de la Alhambra.
Cuenta la leyenda, que hace mucho tiempo cuando los árabes gobernaban en el Reino de Granada, reinaba en ella un Sultán llamado Mohamed "El Zurdo ", que se casó con una cautiva cristiana con la que tuvo tres hermosas hijas. Pasado el tiempo , el Sultán consultó a un astrólogo para saber el futuro de sus hijas, el cual le dijo que no tendría que preocuparse hasta que sus hijas estuvieran en edad de casarse, pero que llegado ese momento las vigilara sin fiarse de nadie. Pero el Sultán temeroso decidió vigilarlas desde pequeñas, y las encerró en una torre de la Alhambra , eso si con todos los lujos a su alcance.
Así crecieron Zaida , Zoraida y Zorahaida , hasta que estando ya en edad de casarse vieron, desde la torre, la llegada de un grupo de soldados con un grupo de prisioneros cristianos, e inmediatamente se enamoraron de ellos, la nodriza de las princesas comprendiendo lo que pasaba se las arregló para que los prisioneros pasearan por delante de la ventana de sus hijas y así pudieron conocerse. Pero pasado el tiempo, los jóvenes desaparecieron y la nodriza les anunció a las princesas que habían sido rescatados por sus familias mientras el Sultán decidió trasladar a sus hijas a Granada.
Por el camino las dos caravanas se encontraron , y todos bajaron la mirada al paso de las princesas, todos menos los tres cristianos de los que se habían enamorado. Eso hizo enfurecer al Sultán que les mandó encerrar en el calabozo y hacer trabajos forzados. Por fin, las tres princesas hablaron con su nodriza, querían hacerse cristianas y casarse con los prisioneros. La nodriza ayudada por el guardián de los prisioneros preparó la fuga de las tres parejas pero la joven Zorahaida dudaba mucho, pues aunque estaba muy enamorada del joven cristiano tambien respetaba profundamente a su padre y así en el último momento Zorahaida no tuvo valor para abandonar la torre, se dice que después siempre se arrepintió de su decisión de quedarse en la Alhambra de Granada , mientras sus hermanas se casaban y vivían felices en la lejana Córdoba y que murió en la torre.
Murió joven y fue enterrada en uno de los jardines debajo de su torre. Y allí creció un rosal dónde sólo florecía una rosa.
Cuenta la leyenda que en la torre habita el espíritu de la princesa Zorahaida, la más dulce de las tres princesas, y que habitará allí por siempre, hasta que un caballero cristiano venga a deshacer el hechizo.Murió joven y fue enterrada en uno de los jardines debajo de su torre. Y allí creció un rosal dónde sólo florecía una rosa
lunes, 20 de octubre de 2014
Convento de San Francisco de la Alhambra (1924)
Existía en este lugar un palacio nazarí similar al del Generalife pero a menor escala con su mirador y baños. Sobre él se construyó un convento con su iglesia, donde los franciscanos se instalaron en 1495.
La Reina Isabel la Católica estuvo aquí sepultada desde 1504 y su esposo el rey Fernando desde 1516, mientras se estaba construyendo en Granada la Capilla Real.
En 1521 el Emperador Carlos V, nieto de los reyes, dictó una carta mandando trasladar sus restos a la Capilla Real.
En el ex Convento todavía queda, a memoria póstuma, la loza baza utilizada en el periodo que fue sepultada la Reina Isabel, y en un segundo tiempo, también el Rey Fernando:
LA REINA ISABEL LA CATOLICA ESTUVO AQUÍ SEPULTADA DESDE MDIV SU ESPOSO EL REY FERNANDO DESDE MDXVI TRASLADADOS SUS RESTOS A LA CAPILLA REAL EN MDXXI.
El Convento que hoy es Parador, también sufrió un gran trastorno y ruina durante la ocupación francesa. Fue finalmente restaurado en 1929. Del Palacio primitivo quedan pocos restos, pero sí los suficientes como para poder apreciar sus pasados tiempos de esplendor, ya que aquellos primeros ladrillos, de los que aún hoy algunos siguen en pie, fueron colocados allá por el año 1495.
El Parador fue inaugurado como tal en 1944.
jueves, 25 de septiembre de 2014
Batalla de la Higueruela (1431)
El 1 de julio de 1431 se dio el sangriento encuentro. La batalla se conoce por el nombre de "La Higueruela" porque lo único que quedó vivo en el campo de batalla después del feroz combate fue una solitaria higuera. Desplegado el ejército castellano, Don Juan II montó a caballo a la puerta de su tienda, cabalgó con una gran comitiva de grandes y capitanes y dió al grueso del ejército la señal de ataque. Juan Álvarez Delgadillo desplegó la bandera de Castilla.
La primera línea musulmana, formada por aquella muchedumbre de rostros denegridos, trajes humildes, armas groseras y modales de rústica fiereza fue arrollada en el primer empuje castellano. Chocaron por fin con los caballeros de Granada y comenzó una fiera lucha cuerpo a cuerpo entre jinetes y caballos. Ninguno de ambos bandos cejaba en la pelea. En un momento dado el Condestable de Castilla enardeció a sus caballeros con voces de "¡Santiago! ¡Santiago!". Los granadinos comenzaron a flaquear y pretendieron replegarse en orden, pero no pudieron resistir el empuje de la caballería castellana y huyeron a la desbandada.
En la batalla pereció la flor y nata de la caballería y nobleza granadina. Según fuentes árabes "nunca el Reino de Granada padeció más notable pérdida que en esta batalla". Autores cristianos cifran en 30.000 los muertos granadinos, lo cual es sin duda una exageración pero que expresa muy bien la magnitud de la batalla y la gran mortandad ocasionada en el ejército musulmán. Juan II no supo explotar el éxito conseguido. Algunos nobles, celosos del protagonismo alcanzado en el combate por el Condestable de Castilla, aconsejaron al rey que se replegara hacia Córdoba, cosa que hizo el rey pretextando la escasez de sus provisiones. Se contentó con imponer al Granada un nuevo rey, del que recibió su homenaje, y nuevos tributos.
domingo, 6 de abril de 2014
Leyenda del mago y la princesa hechicera Washington Irving - 1832
Los príncipes vecinos, a quienes había despojado de bienes y dominios, enterados de que la vejez abatía sus fuerzas, no tardaron en sublevarse y llevar ataques que aumentaban su zozobra y su miedo. La ubicación de la capital del reino no era, por cierto, muy estratégica. Las altas montañas que la rodeaban, hacían casi imposible establecer la proximidad de un ejército. Este favor que dispensaba la naturaleza a sus enemigos, obligó a Aben-Habuz a tomar extremas medidas de vigilancia. Estableció guardias en los picos más altos y senderos practicables. Debían señalar por medio de hogueras la proximidad de los atacantes, para poder enviar inmediatamente los refuerzos necesarios. Pero tales precauciones no vencían la audacia de los príncipes. Cuando él recibía un aviso, sus adversarios, que habían avanzado por algún oculto paso, huían cargados de botín y prisioneros. Esta situación agriaba día a día el fiero carácter de Aben-Habuz.
Un atardecer, mientras examinaba el horizonte esperando ver surgir una de las tantas columnas de humo que señalaban la proximidad de enemigos, le fue anunciada la llegada a la corte de un sabio y viejo médico árabe, que creía proporcionarle algún remedio a sus males. Llevado a su presencia, el visitante le causó honda impresión.Una larga barba blanca le bajaba hasta la cintura. Los años no habían vencido su alta osamenta. Venía caminando desde tierras lejanas sin más arma y sostén que un grueso bastón en el que había grabado misteriosos símbolos. Al decir llamarse Ibrahim Eben Abu Ajib, murmullos de admiración y respeto certificaron la fama que le precedía. No ignoraba el rey y sus cortesanos la existencia de este hijo de Abu Ajib, nada menos que compañero del gran Profeta. Desde niño vivió en Egipto, estudiando, aun por más difíciles que ellas resultaran, todas las ciencias y artes que se transmitían desde la más remota antiguedad. ̈ La astrología no escapaba a su vasto saber, y dominaba la magia en todos los colores del arco iris, porque, según él explicaba, la blanca y la negra sólo era cosa de principiantes. Como un aserto a su vasto saber, la corte comentaba que había hallado el ansiado y muy buscado secreto de prolongar la vida. Que su edad era de más de doscientos años, pero que había hecho su descubrimiento un poco tarde, cuando no había tiempo de borrar canas y arrugas. Como su personalidad y antecedentes daban brillo a la corte y sus achaques necesitaban atención, Aben-Habuz no vaciló en dispensarle los más gratos honores. Hizo amueblar suntuosas habitaciones, pero el mago no se avenía con el bullicio del palacio y decidió habitar en una caverna situada en la montaña sobre la que se levantaba el real albergue. Dispuestos los arreglos convenientes, entre ellos perforar la roca en tal forma que le permitiera observar las estrellas a toda hora, grabó en las paredes misteriosos símbolos, desconocidos jeroglíficos egipcios y órbitas de estrellas y planetas. Hizo construir singulares instrumentos, raros mecanismos que causaron la admiración de los artífices de Granada, pero nunca lograron conocer su aplicación: el sabio guardaba profundo secreto. Los consejos de un médico resultan indispensables cuando a cierta edad tienden a aparecer males ignorados. Esa necesidad llevó al docto Ibrahim Eben Abu Ajib al puesto de consejero favorito del rey de Granada.
En una de sus visitas, Aben-Habuz renovó sus quejas contra la continua vigilancia que debía ejercer sobre sus vecinos y el daño que le causaban sus correrías, cuando el mago, después de escucharlo en silencio y meditar un largo tiempo, dijo:-En Egipto, poderoso rey, vi y estudié un prodigioso invento. Se halla colocado en una montaña que domina el valle en que se encuentra la ciudad de Borza, cerca del río Nilo. Está compuesto de dos figuras de bronce: un gallo y un carnero, que giran independientemente sobre un mismo eje. Si algún peligro se cierne sobre la ciudad, el gallo empieza a cantar, mientras que el carnero señala la dirección por donde avanza el enemigo. De esta forma los laboriosos habitantes estaban siempre a cubierto de una sorpresa. -¡Mahoma me ilumine! -imploró el rey-. ¡Es eso lo que necesito! Un carnero y un gallo centinelas.
lunes, 18 de febrero de 2013
El Martirio de San Cecilio
Parte central del grabado de Francisco Heylan "Martirio de San Cecilio y dos escudos"
Esta historia remonta muy al pasado, mucho más allá de los años de los califas. Pero es digna de contar, por encontrarse en Granada, y ser una parte fundamental en una visita por estas tierras.,
En la provincia de Dux (Asia Menor), habitaba una familia formada por Caleb y Rebeca, y sus dos hijos. El primero de los hijos se llamaba Cecilio y era sordomudo de nacimiento. El más pequeño de los hijos se llamaba Tesofón y había nacido ciego.
Habiendo oido los milagros que Jesús había hecho, decidieron marchar hacia Judea para buscarle.
Y una vez allí, Jesús les devolvió a Cecilio la voz, y a Tesofón la vista. Como agradecimiento los dos se consagraron a propagar las enseñanzas de Jesús. Santiago adoctrinó a los dos jóvenes, y se los trajo a España para predicar el evangelio por estas tierras.Cecilio se consagró como una gran santidad en la ciudad de Granada, que por entonces se llamaba Ilíberis. Como esta ciudad se hallaba bajo el dominio del imperio romano. Nerón ordenó la captura inmediata de Cecilio y sus discípulos. Cecilio guardó todas las reliquias que consideraban los romanos como profanas. Y esperó a que los romanos lo capturaran.
Alcazaba Cadima
Al no renunciar Nerón, que estaba en su segundo año de reinado, ordenó quemar vivo a Cecilio y sus once compañeros en un horno de cal.
La capilla fue construida en 1752 en honor a San Cecilio, ya que según cuenta la tradición aquí estuvo prisionero el santo con sus once compañeros antes de ser ejecutado
En la actualidad, en el callejón de Santo Cecilio, se ven aún unas murallas poderosas y robustas con un torreón en donde está una pequeña capilla que guarda la imagen de Santo Cecilio y sus once compañeros. De aquella capilla fueron sacados para quemarlos en el Sacro Monte. Las reliquias que escondió para que los romanos no las encontraran fueron descubiertas en el año 1595.
lunes, 11 de febrero de 2013
Historia de Puerta Real (Granada)
Puerta Real desde el Puente de la Paja
Felipe IV Retratado por Velazquez
Explanada de Puerta Real
lunes, 26 de noviembre de 2012
La leyenda de la Dama Blanca, Casa de Castril
Casa de Castril, en la actualidad Museo Arqueológico de Granada
El nuevo señor de Castril, Hernando de Zafra, heredero del antiguo secretario de los Reyes Católicos, era viudo y con él vivía su única hija Elvira de apenas dieciocho años de edad y gran belleza. Para preservar la honra de su hija, Elvira permanecía encerrada en palacio día y noche, aunque eso no la impidió enamorarse de Don Alfonso Quintanillo, joven apuesto perteneciente a otra familia de gran linaje de la ciudad pero enemistada con los Zafra. Los amantes contaban con la complicidad y ayuda del capellán de la Casa de Castril, el padre Antonio, además de la de un paje más joven que ellos que hacía de intermediario de sus mensajes de amor.
Según la leyenda, una noche Elvira estando acompañada del inocente paje leyendo una carta de su amado en la que éste le proponía matrimonio, entre suspiro y suspiro Elvira acariciaba inocentemente los rizos del cabello del joven paje. Tan ensimismada se hallaba que no escuchó a su padre entrando en la habitación y éste al ver a su hija en tan íntima postura, creyó a su hija deshonrada por un insignificante criado, cegado por la ira mandó a uno de sus criados que lo colgara allí mismo, en el balcón que hace esquina en la fachada. El joven paje alegando inocencia clamaba justicia y clemencia al señor de Castril, el cual mientras miraba cómo sus criados colgaban al inocente paje le decía: “Pide cuanta justicia quieras. Ahí ahorcado puede estar esperando la del cielo cuanto tiempo te plazca”. Dicho esto, el señor de Castril ordenó tapiar el balcón.
A partir de entonces la joven sufrió un encierro aún más severo, tanto que al final terminó acabando con su vida.
lunes, 12 de noviembre de 2012
La aventura del albañil (Cuentos de la Alhambra de Washington Irving )
-¡Oye, buen amigo! -le dijo el desconocido-. He observado que eres un buen cristiano y que se puede confiar en ti. ¿Quieres hacerme un chapuz esta misma noche?
-Con toda mi alma, reverendo padre, con tal de que se me pague razonablemente.
-Serás bien pagado; pero tienes que dejar que se te venden los ojos.
El albañil no se opuso; por lo cual, después de taparle los ojos, lo llevó el cura por unas estrechas callejuelas y tortuosos callejones, hasta que se detuvieron en el portal de una casa. El cura, haciendo uso de una llave, descorrió la áspera cerradura de una enorme puerta. Luego que entraron, echó los cerrojos y condujo al albañil por un silencioso corredor, y después por un espacioso salón en el interior del edificio. Allí le quitó la venda de los ojos y lo pasó a un patio débilmente alumbrado por una solitaria lámpara. En el centro del mismo había una taza sin agua de una antigua fuente morisca, bajo la cual le ordenó el cura que formase una pequeña bóveda, poniendo a su disposición, para este objeto, ladrillos y mezcla. Trabajó el albañil toda la noche, pero no pudo concluir la obra. Un poco antes de romper el día el cura le puso una moneda de oro en la mano y, vendándole de nuevo los ojos, le condujo otra vez a su casa.
-¿Estás conforme -le dijo- en volver a concluir tu trabajo?
-Con mucho gusto, padre mío, con tal de que se me pague bien.
-Bueno; pues, entonces, mañana a medianoche vendré a buscarte.
Lo hizo así, y se concluyó la obra.
-Ahora -dijo el cura- me vas a ayudar a traer los cuerpos que se han de enterrar en esta bóveda.
Al oír estas palabras se le erizó el cabello al pobre albañil; siguió al cura con paso vacilante hasta una apartada habitación de la casa, esperando ver algún horroroso espectáculo de muerte; pero cobró alientos al ver tres o cuatro orzas grandes arrimadas a un rincón. Estaban llenas -al parecer- de dinero, y con gran trabajo consiguieron entre él y el clérigo sacarlas y ponerlas en su tumba. Entonces se cerró la bóveda, se arregló el pavimento y cuidose que no quedara la menor huella de haberse trabajado allí. El albañil fue vendado de nuevo y sacado fuera por un lugar distinto de aquel por donde había sido introducido anteriormente. Después de haber caminado mucho tiempo por un confuso laberinto de callejas y revueltas, se detuvieron. El cura le entregó dos monedas de oro, diciéndole:
-Espera aquí hasta que oigas las campanas de la Catedral tocar a maitines; si tratas de quitarte la venda de los ojos antes de tiempo te ocurrirá una tremenda desgracia.
Y esto diciendo, se marchó. El albañil esperó fielmente, contentándose con tentar entre sus manos las monedas de oro y con hacerlas sonar una con otra. En cuanto las campanas de la Catedral dieron el toque matinal se descubrió los ojos y se encontró en la ribera del Genil, desde donde se fue a su casa lo más presto que pudo, pasándolo alegremente con su familia por espacio de medio mes con las ganancias de las dos noches de trabajo, y volviendo después a quedar tan pobre como antes.
Continuó trabajando poco y rezando mucho, y guardando los días de los Santos y festivos de año en año, mientras su familia, flaca, desharrapada y consumida de miseria, parecía una horda de gitanos. Hallábase cierta noche sentado en la puerta de su casucho cuando he aquí que se le acerca un rico viejo avariento, muy conocido por ser propietario de numerosas fincas y por sus mezquindades como arrendatario. El acaudalado propietario quedose mirando fijamente a nuestro alarife por un breve rato y, frunciendo el entrecejo, le dijo:
-Me han asegurado, amigo, que te abruma la pobreza.
-No hay por qué negarlo, señor, pues bien claro se trasluce.
-Creo, entonces, que te convendrá hacerme un chapucillo, y que me trabajarás barato.
-Más barato, mi amo, que cualquier albañil de Granada.
-Pues eso es lo que yo deseo; poseo una casucha vieja que se está cayendo, y que más me cuesta que me renta, pues a cada momento tengo que repararla, y luego nadie quiere vivirla; por lo cual me propongo remendarla del modo más económico y lo meramente preciso para que no se venga abajo.
Llevó, en efecto, al albañil a un caserón viejo y solitario que parecía iba a derrumbarse. Después de atravesar varios salones y habitaciones desiertas, entró nuestro albañil en un patio interior, donde vio una vieja fuente morisca, en cuyo sitio detúvose un momento, pues le vino a la memoria un como recuerdo vago del mismo.
-Perdone usted, señor. ¿Quién habitó esta casa antiguamente?
-¡Malos diablos se lo lleven! -contestó el propietario-. Un viejo y miserable clerizonte, que no se cuidaba de nadie más qué de sí mismo. Se decía que era inmensamente rico, y, no teniendo parientes, se creyó que dejaría toda su fortuna a la Iglesia. Murió de repente, y los curas y frailes vinieron en masa a tomar posesión de sus riquezas, pero no encontraron más que unos cuantos ducados en una bolsa de cuero. Desde su fallecimiento me ha cabido la suerte más mala del mundo, pues el viejo continúa habitando mi casa sin pagar renta, y no hay medio de aplicarle la ley a un difunto. La gente afirma que se oyen todas las noches sonidos de monedas en el cuarto donde dormía el viejo clérigo, como si estuviera contando su dinero, y, algunas veces, gemidos y lamentos por el patio. Sean verdad o mentira estas habladurías, lo cierto es que ha tomado mala fama mi casa, y que no hay nadie que quiera vivirla.
-Entonces -dijo el albañil resueltamente- déjeme usted vivir en su casa hasta que se presente algún inquilino mejor, y yo me comprometo a repararla y a calmar al conturbado espíritu que la inquieta. Soy buen cristiano y pobre; y no me da miedo del mismo diablo en persona, aunque se me presentara en la forma de un saco relleno de oro.
La oferta del honrado albañil fue aceptada alegremente; se trasladó con su familia a la casa y cumplió todos sus compromisos. Poco a poco la volvió a su antiguo estado, y no se oyó más de noche el sonido del oro en el cuarto del cura difunto; pero principió a oírse de día en el bolsillo del albañil vivo. En una palabra: que se enriqueció rápidamente, con gran admiración de todos sus vecinos, llegando a ser uno de los hombres más poderosos de Granada; que dio grandes sumas a la Iglesia, sin duda para tranquilizar su conciencia, y que nunca reveló a su hijo y heredero el secreto de la bóveda hasta que estuvo en su lecho de muerte.
sábado, 27 de octubre de 2012
La leyenda de La sala de los Abencerrajes
La matanza de los Abencerrajes (1870) Fortuny
Grabado coloreado del siglo XIX
sábado, 29 de septiembre de 2012
La leyenda del Pozo de los Deseos de la Alhambra (1431)
Por aquel entonces, el rey nazarí, Muhammad IX, gracias a la colaboración de los abencerrajes y de su líder, Yusuf Ibn Sarray, se había hecho con el control del reino de Granada, desterrado y muerto en ese mismo año su antecesor Yusuf III. Por ese motivo y por sus dotes de estadista, Ibn Sarray fue nombrado visir, y estaba al mando de las tropas que deberían de repeler las embestidas castellanas, aunque dado el potencial de aquel enemigo, sabía que no le quedaba demasiado tiempo.
Pero en aquella época de guerras y enfrentamientos existía un lugar para el amor, sin fronteras, sin razas, sin religión, desafiando a la historia y a sus antepasados, a sabiendas de que el amor imposible era más fuerte que todo lo demás. Aunque, como todo idilio, tiene la angustia de lo inesperado y el miedo de su fin. Ismail Ibn Sarray, hijo del visir de Granada, estaba perdidamente enamorado de María de Luna y Pimentel, hija del condestable Don Álvaro de Luna, y ella le correspondía. Se veían a escondidas en el Castillo de Salobreña, una hermosa joya nazarí, y el tiempo se detenía cuando paseaban cogidos de la mano por los jardines del alcázar, entre sus fuentes y sus acequias, geranios, jazmines y azahares. Ismail, conocedor de la política del reino de Granada gracias a las conversaciones con su padre, tenía un pellizco en el corazón al saber que poco se podía hacer ante las pretensiones castellanas, y que pronto tendrían que dejar esta tierra y emigrar hacia el sur. Nada quiso decirle a María, pero la situación se tornaba difícil.
Un día, María advirtió la terrible tristeza de Ismail, pues no la pudo ocultar por más tiempo, y este tuvo que contarle a María lo que sucedía. Si el reino de Castilla tomaba Granada, no volverían a verse jamás. Se miraron desolados, el nudo en las gargantas de ambos se podía sentir en el ambiente, no dijeron nada, ambos empezaron a llorar y entonces… entonces la tierra tembló, tembló de una forma descomunal. El 11 de Abril de 1.431 se produjo el terremoto de Atarfe, que destruyó esta villa por completo.
A María se le ocurrió un plan, se lo contó a Ismail y ambos sonrieron. Se despidieron con la intención de volverse a ver en una semana. María hablo con su padre, el condestable de Castilla, pues sabía de las penurias económicas del rey después de tantas batallas contra Aragón y Granada, y de los sueldos y rentas que debía pagar a sus soldados y nobles. Le dijo que el rey nazarí de Granada estaba dispuesto a darle en secreto cinco mil monedas de oro a cambio de que no atacara su reino. Ismail habló a su vez con su padre el visir, con la propuesta de pagar aquel dinero por la paz con Castilla, pero que tendría que ser un secreto, pues nadie podía llegar a enterarse de aquel acuerdo.
Una moneda de oro en cada higo, así se transportó el dinero a Toledo para entregárselo a Juan II, que quedó satisfecho con el acuerdo, con la complicidad de su favorito y condestable Don Álvaro, que mandó disolver las tropas y explicó a los nobles que había decidido terminar con la guerra de Granada porque aquel terrible terremoto de Atarfe le había dado malos presagios.
Muhammad IX de Granada reunió a su corte para dar explicaciones de la pérdida de gran parte de su fortuna, pues los abencerrajes llevaban un estricto control del tesoro del reino. Explicó que había ordenado a su visir, Yusuf Ibn Sarray, que tirara las monedas a un pozo mágico que había en la Alhambra de Granada, que concedía un deseo a todo aquel que las arrojara, y que él, como Muhammad IX, había deseado que cesara la guerra con Castilla. Todos le tomaron por loco, pero la guerra cesó, y hasta el más escéptico tuvo que reconocer el acierto del Rey. María e Ismail se siguieron amando a escondidas en Salobreña durante aquel tiempo de paz, que duró hasta la muerte de ambos.
El Rey de Granada nunca contó donde estaba ese pozo de los deseos en el castillo nazarí de la Alhambra, aunque se lo preguntaran varias veces. Por eso cuenta la leyenda que cuando veas el pozo de los deseos en la Alhambra debes tirar una moneda y pedir un deseo, pues si resulta ser el pozo mágico del rey de Granada Muhammad IX, el deseo se cumplirá''.
Leyenda recogida en el Elogio al Excmo. Sr. D. Gaspar Núñez de Arce, de Juan Valera, publicada el Boletín del Ateneo de Madrid, por Carmen Valera, en el año 1892.
domingo, 22 de mayo de 2011
Puerta de la Justicia ( 1891 )
Leyenda de la Puerta de la Justicia
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